Historias.

Anónimo.

Creo recordar una historia que me contaron las voces. Las voces suelen esconderse en la oscuridad, me dicen qué debo hacer y qué es correcto e incorrecto. Ellas suelen ser buenas conmigo.

Mi mente estaba en blanco cuando me contaron la historia. Había estado llorando, una persona había dicho algo malo de mí cuando todavía me importaba. Trataba de un niño. No me quisieron decir su nombre. Ese niño tenía oscuros pensamientos sobre la muerte y lo que ésta significaba. Por el contrario de lo que el resto de la gente opinaba, a ese niño no le causaba miedo. Para él, la muerte era algo divertido. Incluso más que los juegos que le hacían jugar en el colegio. La muerte era algo divertido para él porque se podía controlar. Él podría tener el control de la vida de una persona y con ello su muerte, sin que ésta siquiera lo supiera.

El niño no era muy querido en el colegio por esa misma razón. No tenía amigos, pero no le importaba. Él sabía divertirse solo. Los animales podían ser una buena compañía de vez en cuando.
El niño creció solo, abrazándose a  una idea de una infancia perfecta, y aprendió cómo la vida trata a los seres humanos. Él no podía entender por qué la vida era tan cruel con ellos; los manipulaba, jugaba con ellos y se reía en su cara. Por esa razón, el niño decidió ponerse del lado de la muerte. La gente no merecía los malos tratos de la vida, por lo que él les obsequió con el regalo de la muerte.

Las voces no me quisieron contar más. Según ellas, ese era el final de la historia. En ese momento no lo entendí, era jóven e inexperto. Creo poder comprenderlo ahora. Principalmente, porque tengo la sensación de que los pensamientos de ese niño ahora se han adherido a mí de alguna manera.

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